La arquitectura que desvela el misterio del vino
14 febrero 2009 - 20:45La sostenibilidad y la sabiduría popular se dan la mano desde hace décadas. Así ha sucedido hasta ahora que el vino, sin dejar de ser placer, se ha convertido en una potente industria. Ahora que la producción ha aumentado, los túneles-bodega se han quedado estrechos. Resultan demasiado angostos para introducir las grúas y la maquinaria que facilitan el almacenamiento de las barricas, el trabajo de los operarios y las ganancias de la empresa.
Por eso, hoy, continuar con la tradición de excavar y almacenar en el interior del cerro -que mantiene en su vientre el vino a temperatura constante- representaría para una empresa como Protos el fin del crecimiento. Y dejar de crecer es justo lo contrario de lo que la cooperativa tiene intención de hacer. De hecho, este año, estas bodegas han optado por aumentar su producción para exportar el 30% de sus botellas. Así las cosas, con una montaña por la que circula el vino y un pueblo que ya tiene monumento, la operación de levantar un nuevo edificio singular en ese enclave se convirtió en un asunto laborioso.
A base de construir iconos, la arquitectura actual podría dejar de sorprender. Por eso, los 270 cooperativistas de estas bodegas tenían claro que no buscaban un reclamo momentáneo. Querían dibujar el futuro del vino de su región junto al futuro de su pueblo, como siempre ha sido.
La relación entre bodega y lugar es aquí tan estrecha que durante las fiestas de san Roque, a mediados de agosto, el vino de Protos está presente en todas las celebraciones del pueblo. En esas fechas, un cerco de toros se construye anualmente en la plaza del Coso. Los afortunados ven las corridas desde los palcos de madera de las viviendas medievales.
Esos miradores se alquilan, aunque en este pueblo todavía rige el derecho consuetudinario de vistas que confiere a algunas familias el uso de los balcones pertenecientes a otras para contemplar la plaza alargada. Eso sí, sólo cuando hay corridas, durante las fiestas de agosto.
Con esa historia de vino, reconquista y privilegios, con las tradiciones vivas y con la voluntad de crecer, la relación entre la nueva bodega y el pueblo no parecía asunto sencillo. Partía de la paradoja, casi de un conflicto de intereses. Debía combinar integración y cambio.
Pero el arquitecto británico Richard Rogers entendió la complejidad de esa aparente contradicción y la resolvió con ideas contundentes que, en realidad, simplifican su proyecto. Así, el nuevo edificio es una sucesión de cubiertas parabólicas que crean un manto cerámico a los pies del cerro donde está el castillo. Más allá de continuar la escala de la trama urbana, el nuevo edificio hunde en el terreno la mitad de su cuerpo para, con ese gesto, solucionar la temperatura de maduración del vino y mantener a la vez la escala del pueblo.
Así, un muro de piedra de campaspero evoca la naturaleza rústica del castillo, saluda al pueblo, recoge un patio -que ilumina las instalaciones- y marca el inicio de una serie de arcos de madera retranqueados. Los arcos, con fachada retrasada, forman porches que actúan como viseras y consiguen bajar la temperatura del interior de las bodegas en los días en que azota el sol.
La cubierta cerámica y ventilada contribuye, a la vez, al aislamiento térmico. Mientras que el uso del cristal y el gran patio lateral favorecen que en más de un tercio de las bodegas se pueda trabajar sólo empleando luz natural. Todo eso puede parecer mero sentido común, pero decide que calificar esta arquitectura con la palabra sostenible no sea una mera etiqueta oportunista.
Richard Rogers, coautor del Centro Pompidou y la T4 de Barajas, firma la nueva bodega de Protos en Peñafiel. Un edificio transparente, ligero y sostenible
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